Vinculación y nostalgia según Antonio Liu Yang

Antonio se muestra cómodo ante la cámara. Habla de una manera muy suelta, y fluida, contestando preguntas que le han hecho muy habitualmente a lo largo de su vida. Sería improbable sospechar que el castellano no es su primera lengua y que durante los primeros diez años de su vida solo habló mandarín, además, con el característico acento de la capital china. Es profesor, ha dado charlas y conferencias en muchos eventos, y está acostumbrado a hablar con la mayor naturalidad de China, España, y qué es vivir entre dos mundos.

Pero el primer mundo de Antonio Liu Yang (刘洋), al menos a nivel cronológico, fue el Pekín de los años 80. En 1990, a través de una reagrupación familiar, llegó a España, donde terminaría nacionalizándose y obtendría un DNI español que pone Yang de nombre y Liu Liu de apellidos. “Liu es el apellido, y Yang es el nombre”, explica, siguiendo la lógica china de poner el apellido antes. En España, había personas que le llamaban Liu, creyendo que ese era su nombre de pila, o Yang Liu, poniendo el apellido detrás, como dicta la costumbre española. Hoy, en su DNI, se incluye el apellido de su madre, que casualmente es también Liu. Ante la confusión que tanto chinos como españoles mostraban, decidió llamarse Antonio.

A día de hoy, Antonio es abogado, consultor y formador intercultural. Es uno de esos casos, relativamente escasos, de éxito, de personas que han sacado partido de una vida transcurrida siempre entre dos culturas. Pero también ha sido, como muchos otros ejemplos de hijos de chinos inmigrantes en España, un niño que ha ayudado en un restaurante, concretamente, en Xàbia, Alicante.

Antes de superar la altura de la barra, sirviendo bebidas. Después, me puse camisa y pantalones negros, y era camarero“, narra. Hasta que sus padres se jubilaron y cerraron el restaurante, Antonio no dejó de serlo. También durante la carrera universitaria, y después de licenciarse, volvía todos los fines de semana desde Valencia a Xàbia. Con 18 años, nunca había disfrutado de un fin de semana libre, con los amigos, para poder cenar o ir al cine. “En ese momento, no lo entendía. Yo siempre decía que tenía que ir a trabajar, pero tampoco salía los fines de semana en que no había trabajo”, reflexiona Antonio. Después, sin embargo, lo compensó: una vez se independizó, hizo “el loco” todo lo que pudo durante la veintena.

El de Antonio no era el único ‘chino’ de Xàbia. Los días en que no había trabajo, su padre cogía el coche y hacía una ronda para ver cómo de llenos estaban los otros 4 o 5 restaurantes que tenían sus compatriotas en el pueblo. Al volver, le contaba a la familia los cotilleos de si estaban atendiendo, o no, muchas mesas o clientes.

Ahora, lo echa de menos. En los últimos años, el trabajo no era tan exigente, y tenía tiempo para estar con amigos y gente conocida, del pueblo, que quizá ni siquiera iba a comer al restaurante, sino a ponerse al día con Antonio, que con un vino en la mano, brindaba mesa por mesa. Ahora, el restaurante está cerrado, pero sus padres siguen en Xàbia, jubilados.

Ellos no han vuelto a China. “Nunca he visto en mis padres la nostalgia de volver “, apunta Antonio. Sin embargo, sí que destaca el enorme esfuerzo que ellos, al igual que otros inmigrantes chinos, hacían por seguir vinculados a su cultura y a su idioma, especialmente durante los años 80 y 90, sin nuevas tecnologías y mensajería instantánea.

“El periódico chino venía de Francia y llegaba con retraso, por correo postal. Era un periódico grueso que se pagaba vía transferencia, con una suscripción anual que se renovaba automáticamente. Mi padre leía noticias de hacía una semana”, recuerda Antonio.

A sus padres les daba tanta pena tirarlo, le tenían tanto cariño porque estaba escrito en su lengua materna, que guardaban los ejemplares, cosían el lomo, y ponían la fecha. Otros chinos, otros dueños de bazares y restaurantes del municipio, les preguntaban siempre sobre esos periódicos atrasados.

“Nos complicábamos la vida para ver algo chino”, rememora. Si querían ver películas en chino, tenían que esperar a que el autobús ALSA, que recorría los pueblos, llegara con paquetes de VHS. Para la primera llamada telefónica entre su padre, que estaba ya en Xàbia, y su madre, que aún estaba en Pekín, este tuvo que enviar una carta con meses de antelación, acordando el día y la hora exactos en que utilizarían el servicio de llamadas internacional.

En los tiempos en que no existía Wechat, las dificultades para seguir vinculados a la cultura o al idioma materno eran muchas más que ahora, cuando, utilizando las herramientas tecnológicas, la diáspora china puede leer e informarse gracias a los medios de comunicación de su país de origen y seguir hablando con sus familiares y amigos. Poco importan, sin embargo, lo desarrolladas que estén las nuevas tecnologías cuando padres e hijos han tenido recorridos vitales, aunque ambos marcados por la migración, tan dispares. “En temas muy profundos, no conecto con mis padres“, afirma Antonio, triste, que a día de hoy continúa su aprendizaje del chino dado que salió de su país natal con un nivel de primaria.

Mi madre no entiende muchos de los trabajos que hago“, puntualiza. “De alguna manera, es un alivio porque es un apoyo incondicional, pero me duele que mi nivel para conectar con ellos sea cada vez más bajo; cada vez nos distanciamos más. Cuando era un niño, teníamos más en común. Ahora, no me esfuerzo lo suficiente en comunicarme porque sé que no me van a entender”, matiza.

Él intenta, desde lo más simple y básico, mantener esa conexión. El otro día compró un par de entradas de fútbol para ver el partido junto a su padre. Ese, que se perdió su infancia, y llegó a España sin un euro en el bolsillo.

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