¿Migrar es libre? La herida migratoria: promesa y estafa

Jesús Yébenes era el director del Centro de Atención a la Inmigración de Valencia en el momento en que, desde el área de Bienestar Social del ayuntamiento, se propuso realizar el estudio La integración de las hijas y los hijos de familias inmigrantes en la ciudad de Valencia (2015). “Mi preocupación tenía que ver con que la integración es distinta en personas que han elegido migrar, han elegido venir a España, tienen una motivación laboral, y una actitud ante las instituciones españolas, incluso, de mayor ‘docilidad’, de las que no han decidido migrar, sus hijos”, explica.

Yue Fu tiene 26 años, lleva 12 en España, y forma parte de la llamada por la sociología generación 1.5: personas que han pasado los años de socialización primaria en un país y los de socialización secundaria en otro. Ella no ha elegido migrar. María Jesús Felipe, autora del citado estudio, explica que la etapa de los 12 a los 15 años es un período de socialización fundamental. En el estudio, todos los entrevistados habían llegado a España después de los 12 años y llevaban ya, como mínimo, dos años establecidos.

“Se incorporan en España con voluntad o no; les puede pillar en un momento vital nefasto, la adolescencia, y esa asociación es potencialmente negativa”, detalla Yébenes. Añade que otra de las motivaciones que les llevó a hacer este análisis fue la conflictividad intrafamiliar que sospechaban que se producía, dado que los padres suelen mantener una mirada hacia el pasado, la cultura de origen y relaciones endogámicas, “algo típico en la comunidad china dado que se da trabajo a sí misma y trabaja en sectores inicialmente delimitados”, con la idea de volver en el futuro a su país de origen; motivaciones muy distintas a las de sus hijos.

En el estudio, se llegó a la conclusión de que la generación 1.5 en la ciudad de Valencia sí está integrada. Sin embargo, la sospecha inicial es cierta en casos como el de Yue Fu, que considera que en ella misma “no ha habido una integración completa”. Sus primeros años en España fueron duros: llegó a un instituto en las afueras de Vic, “donde la gente era bastante xenófoba” y sus compañeros y compañeras solo hablaban de “sexo”, lo cual le chocó mucho porque en China los adolescentes apenas tocan esos temas y en el ámbito académico está prohibido tener pareja. Años después, se cambió a un instituto con un mejor nivel educativo, en Madrid, pero le siguió llamando la atención que los jóvenes españoles hablaran tanto de “fiesta” o de “fumar porros” y no de los estudios.

Aunque Yébenes distingue como diferencia fundamental entre padres e hijos que migran el hecho de tener o no libertad de elección, Julio Hu se pregunta hasta qué punto cualquier persona es o no libre de migrar: “Olvidamos que la migración es un sustantivo con una relación de sinonimia muy alta con la promesa. Elegir migrar no es tan libre cuando consideras la acción como una que está derivada de la promesa: la de una vida mejor, de reiniciar y dejar atrás el trauma del lugar donde has crecido. Mis padres vinieron por eso, pero su camino no ha sido precisamente un sueño realizado”.

Julio Hu

Los padres de Run Xin Zhou, como los de Julio, también migraron dejando atrás “traumas y heridas” y, apenas hablan de esa época. Ella sabe que eran pobres, y que cruzaron toda Europa para llegar a España. Lo ha oído de otros familiares, porque de boca de ellos no sabe mucho.

Chenta Tsai (Putochinomaricón)

Julio comparte con Chenta Tsai la idea de que sus padres, como otros migrantes, idealizaron Europa y colisionaron con una realidad “que puede ser peor, como pasa en muchos casos”. “Atrapados” es como Chenta describiría, actualmente, a sus padres, de casi 60 años, que “quieren volver, pero que saben que si vuelven no tienen futuro”. Actualmente, son profesores de chino y Chenta considera que la sociedad española y blanca solo deja este tipo de espacios a las personas racializadas: “No existimos si no existen las personas blancas. Siempre estamos en un segundo plano, ayudándoles. Mis padres viven de eso”.

El activista antirracista, arquitecto, músico e influencer, conocido bajo el nombre de Putochinomaricón, que representa la apropiación del insulto racista y homófobo que ha oído durante toda su vida, nació en Taiwán y llegó a España con 11 meses. Más de 20 años después, asegura que sus padres fueron “estafados por el sueño europeo”.

Con frecuencia, para una persona que ha migrado es demasiado tarde dar un paso atrás y volver. El padre de Antonio Liu Yang recibió una oferta de trabajo en un restaurante chino en España y se embarcó desde la capital del gigante asiático hasta su “Occidente imaginado”. Una vez aquí “vio que no todo era tan bonito como se lo pintaban” y decidió volver. Corrían los años 80, y en esa época, volver a China no era tan fácil: no sabía dónde comprar billetes de avión, no tenía suficiente dinero ahorrado, y, encima, volver sin nada después de tener las altas expectativas de triunfar en el extranjero le provocaría una pérdida de mianzi (prestigio). Así, decidió seguir siendo cocinero y cambiar el destino de su familia. En 1990, Antonio y su madre se reencontraban con él en una reagrupación familiar.

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