Cuando no hablas el idioma de tus padres

“Puedo comentar cosas, pero no profundizar”, describe Run Xin Zhou, cuando le pregunto sobre su competencia con el chino mandarín, idioma en el que habla con su familia aunque esta suela comunicarse normalmente en el dialecto de Wenzhou, tan distinto del mandarín como puede ser el castellano y el euskera, y que el hermano pequeño de Run no entiende porque solo ha aprendido castellano. Este fue, al final, el único idioma que hablaban en casa para que su hermano mayor, que volvió después de vivir varios años en China, lo aprendiera. En la actualidad, este también habla solo en castellano y está perdiendo el chino.

Este flujo, el cambio en el nivel de habilidad o competencias lingüísticas, es muy frecuente entre los descendientes de las familias chinas migrantes, y si bien con los padres casi siempre se habla en chino, muchas veces con los hermanos solo se habla en castellano. Así, muchos de los entrevistados desconocían el nivel de chino que manejaban sus hermanos. Susana Ruan sí hablaba en el dialecto de la zona originaria de sus padres, Qingtian, hasta que años de estudio de mandarín lo desplazaron, provocando problemas de comunicación con su abuela, que no habla el chino estándar. Con su novio, Susana se comunica indistintamente en chino o en castellano, dependiendo del día y del tema.

En la familia de Elena Wang, la situación es muy parecida a la de Run Xin Zhou. Aunque Elena entiende el dialecto de Wenzhou, no lo domina, y sus padres hablan entre ellos así menos cuando se dirigen a ella específicamente, utilizando el mandarín. El hermano pequeño ni siquiera entiende el dialecto de Wenzhou. Solo es competente en wenzhounés la hermana mayor de Elena, que hace de traductora muchas veces entre padres e hijos. “Como me cuidó una familia española cuando era pequeña, ni siquiera me acuerdo de qué idioma aprendí primero”, explica Elena, que posteriormente vivió en China un largo período y, al regresar, el castellano, idioma en el que se maneja hoy, casi lo había perdido.

“No conecto a un nivel profundo con mis padres”

Antonio Liu Yang no habla ningún dialecto del sur de China, muy distintos del mandarín, porque nació y vivió hasta los 10 años en Pekín, y habla la variedad regional en la que se basa el propio chino estándar. Cuesta creer que durante una década no hablara una palabra de castellano, la lengua en la que posteriormente ha desarrollado su vida, estudios y trabajo. El empresario y formador intercultural ha tratado extensamente con muchos jóvenes nacidos en España, y distingue varias familias chinas según sus decisiones lingüísticas: las que deciden que sus hijos solo aprendan el dialecto regional porque ni siquiera los progenitores controlan el mandarín, y que impedirá a sus hijos poner de mayor en el currículum chino en el apartado de idiomas; las que hacen el esfuerzo de hablar en mandarín, haciendo que su hijo o hija crezca hablando un chino estándar, pero “postizo, con mucho acento, y perdiendo lo más bonito que tenía de su cultura raíz, el dialecto”; o las que hablan siempre en castellano, pero con un nivel de competencia limitado que el hijo superará a medida que crezca, gracias a la educación formal, y que posteriormente provocará problemas de comunicación al no poder los padres entender hasta un nivel más profundo a su hijo o hija.

El propio Antonio se enmarcaría en un cuarto caso: como pekineses, él habla con sus padres en mandarín, pero su nivel, aunque nativo, es propio del de un niño de 10 años, edad a la que emigró de China. “En temas muy profundos no conecto con mis padres”, se lamenta. “La diferencia entre la primera y la segunda generación no es ya de ideas, sino del propio idioma, del propio vehículo”, expresa Antonio, frustrado por la superficialidad de las conversaciones que tiene con sus familiares. “Cada vez nos estamos distanciando más. ¿Para qué esforzarme en explicarles algo si sé que no me van a entender?”, confiesa. Pero está tratando de solucionarlo. Últimamente, Antonio tiene pequeños gestos e intenta conectar a un nivel básico con sus padres, compartiendo momentos tan trascendentemente intrascendentes como ver un partido de fútbol juntos.

Susana Ye, por su parte, ni aun habla chino porque, de niña, le “provocó rechazo”, ante una situación en la que se sentía “muy incómoda”: la vuelta, tras 11 años viviendo con una familia española, al hogar de sus padres. La relación paternofilial, pues, siempre ha estado muy condicionada por esas circunstancias, pero Susana en la vida se lo ha echado en cara; nunca les ha odiado, ni se ha visto abandonada. Al contrario, a día de hoy, intenta conocerlos y mejorar la comunicación, aunque siga habiendo “mucho choque cultural”.

Habiendo trabajado extensamente el tema para la elaboración de su documental Chiñoles y bananas, la periodista se reconoce como un caso perteneciente a “la minoría de la minoría de la minoría”, pero aún así enmarcado en una gran diversidad: “Casos en los que la lengua materna ha sido el chino, y casos en los que el aprendizaje del chino ha sido secundario o anecdótico, dentro de las posibilidades que han tenido los padres. A veces, incluso si lo han intentado, ha dependido mucho del carácter del niño, o de si se ha criado en núcleos con comunidad china o no”.

La pérdida del dialecto y el uso del estándar

Javi Huang habla chino mandarín y el dialecto de la región de Qingtian. Está de acuerdo con Antonio en que la pérdida del dialecto es la pérdida de “parte de tu identidad”. Precisamente, el profesor de chino mandarín de su facultad, Xingchi Yao, no tiene ningún interés en que su hija estudie el estándar. “Hablo con mi hija de 7 meses en el dialecto de Wenzhou”, relata. “Es familiar, es más mío, de sus abuelos”, justifica. Xingchi asume que su hija aprenderá chino de manera natural igual que aprenderá castellano o inglés, “porque son idiomas que se hablan en todas partes”, pero le preocupa especialmente que no hable el dialecto de su ciudad porque, entonces, no podría comunicarse con sus abuelos.

Xingchi Yao

Para Julio Hu, mantener el dialecto de Wenzhou es también vital para su configuración identitaria. De hecho, fue durante sus años de Educación Secundaria en Elche, en la asignatura de valenciano, cuando descubrió las variaciones dialectales y las otras lenguas oficiales de España, temas “que en Madrid nunca se tocan”. De acuerdo a Julio, “existe una identidad en las lenguas, una politización”, y él mismo se posiciona en contra de la estandarización violenta desde el centro a la periferia de las lenguas, proceso que se ha llevado a cabo tanto en China como en España. “De alguna manera, siento que tengo una deuda con el País Valencià”, reafirma, al haber sido la lengua valenciana clave en su proceso de autodescubrimiento identitario respecto a China y, concretamente, a Wenzhou.

Conflictos y paz en los puentes culturales

Si Liu Yang afirmaba que los problemas comunicativos entre ambas generaciones empezaban, de raíz, por la inadecuada competencia en el idioma, la herramienta básica, estos continúan por la gran diferencia de contextos culturales de las que las dos generaciones proceden. Mónica Su Guo nota “muchísimas diferencias” y “un choque de valores” con la visión machista y homófoba que sus padres tienen. Tilda de cordial la relación que tiene con ellos, y aunque sí trata de comunicarse con su madre, con su padre habla exclusivamente de cómo llevar su negocio.

Por mucho que Javi Huang no haya tenido conflictos con su familia por su orientación sexual, admite que “no lo han hablado del todo”. Mientras, los padres de Run Xin Zhou buscan a su hija “un novio chino rico”, y desconocen que ella tiene ya una novia española. Para los de Susana Ruan, además, no basta con que el novio de su hija ya sea “un chico chino y alto” y “solo le sacan pegas”.

Susana admite que “si hubiera sido hace unos años, habría tratado de complacerles” y habría intentado salir, específicamente, con un chico chino, pero si ahora no tuviera ya pareja, y empezara a quedar con un español, no le importaría en absoluto el conflicto con su familia. Está segura de que sus hermanos pequeños tendrán parejas españolas y supone que su madre “se hará la idea y nos dejará en paz”, como ya le ha pasado a Xingchi Yao que con 40 años se ha casado, y ante lo tardío del enlace, a su familia no le ha molestado que lo hiciera con una valenciana del Cabañal y no con una wenzhounesa.

De acuerdo a Gladys Nieto, los jóvenes de origen chino “son puentes en la traducción. Son decodificadores hacia sus padres” en el idioma, primordialmente, pero no en otros ámbitos. Tampoco considera, además, que en el de la lengua se desenvuelvan perfectamente: “Hay chavales que eso lo viven mal, porque no entienden muy bien términos complejos en determinados ámbitos, y no saben cómo traducirlos”. Aún así, considera que, en general, saben “sacarle ventaja a ese capital social y cultural. Creo que juegan en estos dos ámbitos, y ahí hay mucha estrategia, por ejemplo, con el desconocimiento de los idiomas de otros”. Hablar en chino para que un español no se entere, o al revés, ya sugiere “un juego de estar entre dos mundos que es un potencial”, sugiere.

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